lunes, 2 de marzo de 2015

| libros / febrero |





Este fue mi febrero en libros. Empezó con el descubrimiento de Intimidad, novela breve de Hanif Kureishi, autor que no conocía, y vine a descubrir luego que ya casi todos mis amigos escritores tenían leído y asimilado. Leí esa novela en una tarde, en largas —y elegidas— esperas de cine. Es verdad que no necesito grandes lujos para disfrutar intensamente de mi tiempo libre —ciertamente, no necesito un auto, una moto, mucha más tecnología de la que ya tengo, no necesito un celular más nuevo ni ropa de marca ni de moda— pero sí necesito el tiempo mismo, tiempo para perder —en cierto sentido, claro—, tiempo para pasarlo en barcitos tomando algo con la caída de la tarde, leyendo, tomando notas, mirando a la gente, leyendo otra vez. Me gusta ir al cine, sacar la entrada para una función que comenzará 3 o 4 horas después, encontrar un lugar amable donde abrir un libro nuevo. Yo, que disfruto muchísimo las salidas de a dos por sobre las grupales, también disfruto enormemente estando a solas, conmigo mismo. Y con algunos autores.

El impacto de Intimidad —novela que arranca con la decisión del narrador de dejar a su esposa y a sus hijos la mañana siguiente, y prosigue a ir y venir en el tiempo, en espejo con el vaivén emocional que está experimentando en esas horas cruciales— fue tal que interrumpí la novela a la mitad para cruzar a una librería y comprarme algún otro libro del mismo autor. Quería seguir pegado a esa escritura y más tarde lo hice con el interesante pero irregular La última palabra. En el medio leí un libro polifónico y curioso, que lleva por título una cita de Borges: Felices los felices, de Yazmina Reza —mujer de 55 años que en ciertas fotos, como la de la solapa de este libro, despliega una sensualidad elegante que me provoca ganas de ser su sex-slave por una temporada completa—; y aunque el libro quizás no tenga el final que merece la construcción previa, es categórica la capacidad de Reza para pintar en apenas unas viñetas a una serie de personajes interesantes que se cruzan de modos no tan previsibles.

Pasé por las bombas de amor al prójimo y las pastillas de religión de El congreso de futurología, uno de esos libros que no terminan de encajar del todo en lo que la gente entiende por ciencia-ficción. Un libro delirante, que construye su propio lenguaje, un primo lejano de La naranja mecánica, y si pensamos que se trata de Stanislaw Lem, el autor de la maravillosa y filosófica Solaris, es una sorpresa ver este lado más lúdico, con lazos obvios a Philip Dick, pero también a Kurt Vonnegut. Ahora que menciono a Vonnegut, pienso que tanto este último como el Lem de El congreso de futurología son, en cierta medida, todo lo que César Aira nunca terminó de ser.

Releí Desgracia novela que el año pasado había visitado de manera muy fragmentaria y necesitaba retomar de cero. Leer a Coetzee siempre es una experiencia de sensibilidad extrema, esa manera de tocar las palabras como un roce, algo que también hace Paul Auster, y no es casualidad entonces que hayan publicado la correspondencia entre ambos. De clásico en clásico, pasé por El corazón de las tinieblas, de Conrad, y aunque no suelo llevarme demasiado bien con la literatura que podríamos relacionar a la aventura, al sentido de aventura, hay varios párrafos memorables, entre ellos, el siguiente:
«He luchado a brazo partido con la muerte. Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aún menos en los del adversario.»
Creo que esa es una de las mejores ilustraciones en palabras de la desidia propia de alguien que tiene un pie a cada lado de la línea que separa lo vivo de lo muerto, o los impulsos correspondientes.
Salté a Nic Pizzolatto, con su novela del 2010, Galveston. Como todos, llegué a él por True Detective. No soy lector de policiales y novelas que salgan de las ramificaciones de ese género: no me interesan. Sabía que Galveston debía ser algo así, pero me daba curiosidad ver si Pizzolatto utilizaba en su obra literaria algunos de los mejores elementos de la serie que lo hizo reconocido en 2014. El resultado es una novela entretenida, para nada del nivel de True Detective —no hay un Rustin Cohle, por empezar—, pero que construye un mundo que se siente vivo. Con torpezas en ciertas decisiones argumentales quizás, es un libro que mejoró en mi consideración al compararlo con otro que empecé y abandoné luego, a las pocas páginas, de una reconocida escritora argentina. Pensé en la misión a la luna, que trajo aparejada la primera visión de la Tierra desde afuera. También, las primeras fotografías del planeta visto como tal. No recuerdo ahora quien, entre los que participaron de esa misión, declaró una vez que ver el planeta desde el espacio era a la vez hermoso y aterrador: aterrador porque no se lo percibe como algo realmente vivo, donde hay vida, donde existe la vida en movimiento. Eso mismo sucede con alguna literatura: es bella, es un mecanismo de gran belleza en su manufactura, pero no parece vivo, no transmite ninguna urgencia real, no contagia, es una perfección estéril. Por el contrario, Galveston es una novela imperfecta por donde se la mire, criticable incluso, pero es literatura que respira aún entre las grietas de sus defectos.

Luego una novela breve de Modiano, ese escritor al que muchos veneraban antes del Nobel y al que seguramente ya se ha puesto de moda rebajar a razón del mismo premio. Había leído 4 o 5 novelas de Modiano allá por el 2011/2012 y luego me mudé y me quedaron otras como rehenes en cajas selladas y no volví a él hasta cruzarme con este libro curioso. Si alguna gente dice que Auster se repite mucho con su tema de Paris y de los relatos dentro del relato, deberían leer a Modiano, que casi no escribe de otra cosa que París y la nostalgia de un París que ya no existe. Por supuesto, esta reducción es tramposa: se puede explorar un impulso literario verticalmente —diríamos, desarrollando argumentos diferentes que se complementan para intentar contar las únicas tres o cuatro cosas que un escritor alguna vez percibió en su vida— u horizontalmente —es decir, aceptando de entrada ciertos límites de espacio y tiempo y ahondando en la profundidad de lo que se relata y se intenta asir—. Nunca leí un libro malo de Modiano. Es literatura francesa con todo lo que esto implica, entre otras cosas, la fascinación contemplativa antes que la acción categórica en escena.

Terminé el mes en otro bar, esperando otra función de cine, leyendo Niveles de vida, de Julian Barnes. No sé por qué nunca aprendo con Barnes. Siempre que empiezo un nuevo libro de él supongo que ya no me va a impactar como antes. Ciertamente, el tramo final de Niveles de vida tiene algo de la intimidad de una obra de cámara, sin que eso signifique un retiro en (des)gracia. Las últimas ochenta páginas están pobladas de frases y párrafos que empujan a detener la lectura y saborear las ideas que acaban de ser expuestas. Niveles de vida, entre otras cosas, trata de la muerte de la esposa de Barnes, de su viudez, de su ancianidad a solas. Cualquier lector que haya sufrido una pérdida importante —pérdida que no necesariamente implica una muerte— encontrará una voz con la que se establece una suerte de diálogo en ausencia, como si las páginas nos ubicaran en un living viejo, una tarde plomiza de domingo, hablando con Barnes, que nos cuenta su experiencia y también reflexiona sobre la pérdida, la fantasía del suicidio, la función del entretenimiento, el amor, la idea de una moral del amor, el modo en que la memoria reconfigura al ser ausente, pero que sobre todo, se detiene, una vez más, en todas las preguntas que esta desgracia le ha despertado, todas preguntas, por otra parte, que necesitan una resolución urgente, y son tantas las citas posibles que uno debería transcribir un tercio de libro. A modo de ilustración intertextual, elijo un párrafo que aparece luego de que  un amigo buenoide, que en su momento perdió a su mujer, le insista a Barnes con que, con el tiempo, de esa experiencia se sale «más fuerte» y «mejor persona»:
«Me pareció una actitud indignante y de autobombo (…) Más tarde pensé: no hace más que repetir la frase de Nietzsche de que lo que no nos mata nos hace más fuertes. Y da la casualidad de que durante mucho tiempo he considerado este epigrama especialmente engañoso. Hay muchas cosas que no nos matan pero nos debilitan para siempre. Pregunten a alguien que se ocupa de víctimas de torturas. Pregunten a asesores de mujeres violadas y a los que tratan la violencia de género. Miren alrededor a los que sufren trastornos emocionales causados por la simple vida cotidiana.»
Sospecho que Julian Barnes es un autor poco valorado fuera de Europa. Martin Amis, refiriéndose a la misma frase de Nietzsche dijo: «Lo que no te mata te debilita y te mata más tarde». Esa es la mordida clásica de Amis, su lucidez contundente de boxeador. Barnes es otro tipo de escritor, uno que sin golpes a la mandíbula consigue el mismo efecto por suma de puntos.

Miro atrás y veo que febrero, un mes vital y plenamente disfrutado, está signado por lecturas que vuelven sobre temas como la ausencia, el desamor, la muerte, la locura, el hastío. Supongo que cierta potencia de la imaginación se maneja mejor con temas sensibles cuando el contexto así lo permite. Y en realidad, el encuentro con la lucidez es siempre un encuentro feliz: se produce esa comunicación absoluta que excede cualquier cosa que quepa entre dos tapas.


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sábado, 28 de febrero de 2015

| odilon |




«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.»
Eso dice el comienzo de la primera de las tres partes que conforman el último libro de Julian Barnes.

Libro que retomé hace un rato, que había dejado a medio leer el año pasado, quizás por incapacidad de enfoque, tal vez por exceso de adrenalina, no lo sé. Desde hace unas semanas, sin embargo, vengo devorando libros como hacía años que no me pasaba. Oculto y postergado en una pila estaba Barnes. El reencuentro se perfilaba cálido y amable, como ocurre con un viejo amigo. Apenas dos páginas después del punto en el que se había fosilizado el índice, me encontré una mención al pintor Odilon Redon.
Lo había olvidado, ¿cómo podía haberlo olvidado? Nuestro descubrimiento en la Avenida Corrientes, allá por el 2007. Mirábamos libros de arte, pasando por lugares relativamente comunes: Gauguin, Monet, Kandinsky. Y de repente, ese libro negro con el cíclope en portada. Un nombre que ninguno de los dos había escuchado jamás: Odilon Redon. Dejaste a varios de los sospechosos de siempre para enamorarte de ese estilo que parecía, en cierto modo, lejano a todo tiempo, a toda cronología. Juntamos billetes entre los dos y lo llevaste.

«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes; y a veces funciona y otras veces no.»
Eso dice el comienzo de la segunda parte del libro.

Yo nunca creí, ni por un minuto, que las relaciones fracasen. Es una mirada materialista. Las relaciones suceden; lo intenso y lo genuino, lo que no se parece a un simulacro, ocurre durante un tiempo; una noche, un mes, diez años: es irrelevante. Las cosas terminan. No se puede evaluar una relación por el nivel de las bajezas en que las partes incurren en el momento que rodea a la desidia final; creo que más bien al contrario, el tenor de un vínculo debería medirse por la altura que dos personas alcanzan juntas durante los momentos más fértiles.
Hoy encontré esta mención a Odilon Redon. Creo que lo había olvidado, aplastado él y su cíclope por tanta vida durante estos últimos años. Las fechas son datos, los datos son el ancla del pasado, desde dónde se reconstruye lo que de otra manera no sería más que una bruma de percepciones a media opacidad.
Vengo a encontrar el nombre de aquel pintor anacrónico en las páginas de un libro que retomo justo cuando comienza a correr el día de tu cumpleaños. Creo en las casualidades, no creo en los llamados cósmicos. Y creo que alguna vez fuiste la mujer de mi vida, y luego nos separamos y cada uno siguió su camino. Creo que es posible que en alguna librería de la Avenida Corrientes, otra pareja, jóvenes ellos como lo fuimos nosotros, repase en este mismo momento las reproducciones de Odilon, incapaces de disimular la sorpresa, sonriendo en alguna clase de complicidad efímera.

La tercera parte del libro de Barnes dice:
«Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas (…) Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizás matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible.»


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jueves, 5 de febrero de 2015

| ofrenda |





     Supongo que todo —seamos indulgentes, por un momento, con ese todo utilizado de manera tan arbitraria— empezó cuando en el año 2013 se cortó mi racha de terminar una novela al año, suerte de tradición que mantenía desde el 2008.


    Ahora suena ridículo, pero entonces parecía un golpe tremendo a idea de continuidad literaria, de cierto ejercicio inquebrantable en la constitución de una obra a través del tiempo. Terminé ese año con una infecciosa sensación de derrota, ya que había comenzado al menos unos cinco proyectos que fueron quedando en el camino, a medio realizar. 
    De todos aquellos intentos, un manuscrito en particular me quedó varado cuando llevaba un 90% escrito. Sé que suena ridículo, pero más fuerte que mi obsesión por terminar una novela al año, era (y sigue siendo), la necesidad de tener algo que explorar a través de la prosa, un terreno que suponemos en algún sitio pero cuyas coordenadas no nos han sido confirmadas, o mejor aún, posiblemente no exista por fuera de esta imaginaria cartografía, pero la escritura está guiada por ese fin, por una búsqueda cuyo principio de incertidumbre debe irse ampliando, no reduciendo: a medida que se avanza sobre la trama, a medida que los personajes encuentran sus finales, yo necesito sentir que he multiplicado las preguntas, que finalmente tengo las preguntas correctas. De eso se trata: respuestas encuentra cualquiera. 
      Así que nunca terminé aquella novela.

    En el 2014 arranqué con un proyecto nuevo, febril en el mejor de los sentidos, de esos que te convocan a escribir y que no te sueltan, que abren grietas en tu sentido de la comprensión de las cosas y la exploración de esas grietas se vuelve el aliciente para poner palabras sobre papel. Terminé la novela unos seis meses después, un libro de 250, 300 páginas, y empecé de inmediato otra. 
    Pero desde entonces, superado el incidente del 2013, vengo pensando en el sentido utilitario de las publicaciones. No hay nada como publicar tu primera novela: es una sensación única, ves concretado en un objeto tangible todo un mundo que estaba en tu cabeza y luego en algún recoveco de tu disco rígido. Y luego te publican más, y es grato y por momentos se siente como un eco de aquella primera vez, pero empieza a existir una especie de relación un tanto despótica entre lo que se escribe y la necesidad de que lo escrito produzca una utilidad: no hablo necesariamente de dinero, sino de la idea de que un libro debe llegar a la mayor cantidad de gente posible. Lo cual tiene su lógica, la cual es obvia, pero no necesariamente única.
    A lo que me refiero es a que últimamente me seduce la idea de escribir novelas para casi nadie. No me refiero a reemplazar el fin, me refiero a complementarlo: uno sigue escribiendo ciertos libros que irán a publicarse por editoriales que harán luego lo propio por difundirlos, por hacer que lleguen a la mayor cantidad de lectores posibles. Pero hablo de otra cosa, de complementar esas publicaciones con otras, con libros que uno considere marginales (no inferiores, marginales) y que quizás sólo apetezca publicar en una tirada ínfima, porque tal vez uno solamente quiere compartir esa porción de su universo con un número muy breve de personas. Mejor todavía, llegar a la novela de la que sólo se produzca un ejemplar, regalarle ese libro trabajado y transpirado a una sola persona, como hace un pintor con su cuadro, un objeto único, como hace un escultor. Escribir no para alguien, sino reducir la circulación a una sola persona. Poder decir este libro es para vos, y ese libro, esa pequeña porción de un universo más rico y más desperdigado, sea una especie de ofrenda única.

    Se es escritor porque se escribe —se trenza uno con la palabra para intentar traducir sensaciones, imágenes, percepciones—, porque se produce una obra a lo largo de los años, no por la cantidad de publicaciones o reseñas que se consiguen. Entonces, creo, cabe imaginar la posibilidad de encarar la obra propia como un continente en el cual hay países vastos, enormes, de los que todos tienen conocimiento. Y pequeñas ciudades, o mejor, pueblos, campiñas, que el mundo en su mayoría desconoce, y que con el tiempo serán o no parte del mapa definitivo.

    Una vez, un escritor, no recuerdo ahora quien, consultado sobre la razón por la cual rechazaba contratos para reeditar algunos libros viejos, decía: No adscribo a la tiranía del mercado, la gente está acostumbrada a que si hay demanda, si puede pagar, obtendrá lo que desea; bueno, este libro, por más dinero que tengas, no podrás obtenerlo. ¿Hay algo más democrático que eso?


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