[Entre Rio
de Janeiro y Minas Gerais; con el escritor Ramiro Sanchiz, la editora Livia
Deorsola y los catedráticos Juan Pablo Chiappara, Aitor Rivas y Mariana
Petitti].
Uno. Parando en la ruta,
yo sin dinero encima —Ramiro me insiste con que tenemos que comer y me dice que
invita él, que no me ande con estupideces y pida algo suculento. Llevamos pocas
horas en suelo brasilero y nos sentamos en un bar local de ínfulas alemanas.
Livia nos dice que no nos dejemos engañar, que el lugar no tiene nada de
autóctono. Nosotros nos dejamos engañar gustosamente, tanto por el simulacro
como por la realidad, sospecho.
Dos. Demoliendo hoteles —La
vista con la ciudad a un lado y el cerro de fondo me impacta como un golpe a la
boca del estómago. Hay una belleza desbordante en el ambiente, algo que supongo
tiene acostumbrados a los residentes, pero que se siente como un inmediato
nuevo hogar, cálido, vital. Aún ahora, días después, semanas después, recuerdo
ese momento fundacional y me da un escalofrío nostálgico que tiene que ver con
lo maravilloso. A la vez, no hay nadie parado ahí, conmigo, a quién mirar a los
ojos y dedicarle una sonrisa inmensa, un ¿vos
estás viendo lo que yo estoy viendo?, alguien con quien compartir ese
ensayo de momento perfecto. Lo más parecido que logro es una serie de reportes vía whatsapp a gente que duerme en otra esquina del mundo.
Tres. Documentando la
identidad nacional —Tenemos que cobrar un dinero que nos han asignado y Juan
Pablo —alma máter del evento— nos pide que tramitemos los papeles. En medio de
la burocracia bancaria, yo saco un billete de cien en lugar del documento y
todos me miran entre el horror y la risa. ¿A
quién querés coimear?, me pregunta Juan Pablo. La fama de los porteños me
persigue. Más adelante alguien me dirá que yo no represento al típico
argentino, y que Ramiro parece más porteño que yo.
Cuatro. Almorzando en
Cedrus —Ramiro come un poco de todo, con otro poco de todo al lado y más todo
encima. Hay algo perfectamente adolescente en su disfrute de la comida, me
parece entrañable el entusiasmo que tiene por el desayuno, almuerzo, medias
mañanas, tentempiés, coffee breaks, cenas, snacks. Cuando dejemos el hotel,
unos días después, su cuenta será más abultada que la mía porque habrá saqueado
el minibar de su habitación más de una vez. Me cruzo con Juan Pablo mientras
esperamos que pesen nuestros platos (se paga por kilo la comida, después de que
uno pasa por unas mesas en las que puede servirse lo que guste); él se esfuerza
tanto porque estemos a gusto que es imposible no sentirse halagado, y a la vez,
un poco un fraude (¿desde cuándo
ameritamos tanto gesto un par de pelagatos como nosotros?).
Cinco. Haciendo amigos por
el mundo —Aitor y Mariana son españoles en Brasil (aunque ella nació en
Argentina) y creo que apenas han pasado diez minutos desde el saludo en la mesa
del café del campus cuando estoy seguro de que serán dos presencias
insoslayables el resto del viaje. Hablan de sus experiencias enseñando español
en Moscú (y me explican que el moscovita es un tipo básicamente desagradable,
lo cual me afecta un poco, en ese extraño apego que tengo por la cultura rusa y
por la gente desagradable), en Berlín, en Brasil. Me gustan, como identidades
separadas pero me gustan como pareja. Reflejan esa unión que uno vincula a la
idea de los exiliados: perfectamente elástica a la vez que indestructible. Tal
vez se parecen a la pareja que uno quisiera formar, pero mejor todavía, se
parecen a la pareja sobre la que uno querría escribir una novela. Son una
sonrisa en la fuga del verosímil.
Seis. La música sobrando las
barreras del idioma —Una chica de la organización me pregunta por Pearl Jam. No
sé cómo llegamos a ese tema de conversación y pronto estoy tarareando mi
canción favorita del anteúltimo disco. Ciro, el autor más joven del coloquio
literario que nos reúne, me habla de Pink Floyd: ¿cuál es tu disco favorito?, entiendo que me pregunta en perfecto
portugués que no manejo. Animals,
contesto, y el pibe asiente sonriendo: lo
importante está claro, podemos seguir adelante con las pequeñeces.
Siete. Cenando sin que
nadie se ofenda —Nos llevan a un restaurant y nos hacen probar comidas y
cervezas locales. Todas las cervezas saben bien, nunca probé tantas diferentes
sin pasar por una mala. Cuidado que no te
vean el vaso vacío, me dice Juan Pablo, acá
en Brasil si te ven con el vaso vacío se ofenden. Y la cerveza no deja de llegar
durante toda la noche, y Ramiro no deja de hacer chistes malos pero con su tono
eternamente jovial, y Aitor no deja de sacar referencias imposiblemente
sorprendentes de la galera, y yo no dejo de sentir el abrazo cálido de la noche
en Viçosa.
Ocho. Pateando calles con un uruguayo —Ramiro quiere comprar algo para
su hija y su mujer. Caminamos la ciudad y encontramos un peluche amable para
esa pequeñez que algún tiempo atrás denominé mi “sobrina vocacional”. Hablamos
de proyectos literarios, de amigos escritores, de mujeres hermosas y técnicas
cinematográficas. Durante la charla me doy cuenta de que desde que lo conocí en
2010, Ramiro siempre ha estado acompañado de Fiorella, mientras que a mí él me
ha conocido en pareja o involucrado al menos con cuatro personas diferentes. Supongo
que en algún momento, cada uno ha soñado con llevar la vida del otro, después
de todo, siempre anhelamos aquello que se nos escapa. En un momento nos dicen
que en una galería cercana hacen tatuajes. Yo, que nunca me imaginé haciéndolo,
de repente sé que sí, quiero y se me configura en la cabeza qué cosa exacta me
tatuaría. Ramiro desiste. Unos días después, me hago ese tatuaje en Buenos Aires.
Nueve. Engañando vendedores —Nos metemos en un supermercado enorme (yo
necesito comprar un peine y una libreta, Ramiro quiere comprar cervezas
exóticas). Como vengo notando que los vendedores no tienen muy buena
predisposición con los argentinos —e indefectiblemente nos detectan con apenas
dos palabras—, decido que voy a ser un turista norteamericano y me paso el
resto de esa tarde hablándole a los cajeros en inglés, explicando que soy un
yanqui que no fala portugués. A
partir de entonces, me reciben con mucha mejor voluntad. Soy la música del
desatino: un porteño haciéndose pasar por yanqui en suelo brasileño. Y no puedo
parar de sonreír.
Diez. Dedicando libros —Tanto Ramiro como yo le obsequiamos nuestros
libros a Livia, la editora que comparte nuestras aventuras en Viçosa. Al día
siguiente nos reclama las dedicatorias. No sé bien qué pone Ramiro. Yo escribo
una de esas dedicatorias extensas por las que soy famoso en algún círculo
—tanto que se divide en dos partes, una en cada novela— y Aitor dice que él
piensa que estoy escribiendo un prefacio nuevo. Tal vez toda dedicatoria genuina
y sentida sea un prefacio nuevo: la relación con los libros no es inmune al
modo en que nos llegan.
Once. Recibiendo libros (díptico con la anterior) —A su vez, Livia nos
regala libros de la editorial en la que trabaja, unas ediciones hermosas en
tapa dura de Cosac & Naify de las novelas de Alan Pauls (en portugués,
claro). Con Ramiro nos quedamos conmovidos por el gesto y la belleza del
objeto. En esos momentos entiendo cuál es el alcance de las ediciones digitales,
muy prácticas, pero absolutamente inviables a la hora de ser un transrecipiente de emociones. Ciertos objetos
son como vasijas, llevan impregnadas una carga emocional que se complementa en
espejo al ser recibidos.
Doce. Tomando hasta que caiga un uruguayo —La última noche, luego de la
cena, vamos a un boliche. Nunca había visto a Ramiro tomar hasta la ebriedad
(es igual pero potenciado: hace más chistes y habla aún más rápido). Yo mismo
pierdo reflejos, algo que no me ha pasado en años. Luego caminamos hacia el
hotel. Ramiro salta, corre, habla y grita en la noche. Yo pienso que voy a
extrañar estas nocturnidades a las que ya me he acostumbrado. Unas horas antes,
Ramiro me decía que no estaría mal pasarse un semestre dando un curso allá. No,
no estaría nada mal. De hecho, la idea es peligrosamente seductora, y por un
rato, ambos pensamos posibles mundos alternativos.
Trece. Cantándolo todo de regreso a casa —Con apenas una hora de sueño,
nos vienen a buscar al hotel para llevarnos al aeropuerto de Rio. Son varias
horas de viaje. Ramiro está con resaca e intenta dormir de a ratos. Yo voy
cantando un repertorio clásico y Livia se suma a los coros de «Here comes the
sun». Por un rato, no somos escritores ni editores, apenas la reivindicación de
una adolescencia lejana que se hace presente de forma natural y toma el viaje
por asalto. Ramiro despierta y mira extrañado. La noche anterior cantaba a dúo
con Mariana canciones de Maná y Azúcar Moreno. ¿Cómo logró esa mujer que el
intelectual montevideano que analiza a Joyce y observa los mínimos detalles de un
remaster de Jethro Tull termine a punto de hacer un bis con Alejandro Sanz?
Mariana tiene poderes extraños, me parece.
Catorce. Trayéndolo todo de regreso a casa —La noche anterior nos
despedimos de Juan Pablo y todos los chicos de la organización. Sobre la
madrugada nos despedimos de Aitor y Mariana, arreglando un futuro encuentro en
Buenos Aires. Ya en el aeropuerto de Rio, me toca despedirme de Ramiro y Livia
—todos tenemos vuelos diferentes— y cuando subo al avión, me quedo inmediatamente
dormido. Sé que no es el sueño, no es el cansancio. Al menos, no es sólo eso. Es
la primera oleada de nostalgia, porque vuelvo a casa pero una parte mía se
queda en Viçosa, en el campus, en el coloquio, con los estudiantes de letras,
con Aitor, con Mariana, con Juan Pablo, con Livia. Al menos a Ramiro lo estaré
viendo pronto. Y aunque la mitad del tiempo me hace pasar vergüenza, reconozco
que lo quiero al uruguayo desquiciado.
Quince. Sintiendo saudade —Un par de días después, habiendo comentado
fotos con todos los protagonistas, me persigue esa nostalgia, esa huella. Me
mantengo en contacto por mail y redes con la mayoría, y refundamos el cariño
con bromas y mensajes. Mariana declara que es de querer insistente. Livia me
dice por mail que esa sensación que vengo teniendo, eso que llamo nostalgia,
allá en Brasil lo llaman sentir saudade. Será eso,
entonces. A la vez, no por haber dejado algo allá he vuelto más vacío: me
traigo conmigo algún pedacito de todos ellos. Pienso que es increíble cómo en
apenas cuatro días fuimos a un lugar en el que no conocíamos a nadie y de
repente algo pasó, se formaron vínculos donde antes no había nada, intercambiamos
partículas de ideas y risas y un cariño tan inesperado como genuino. No, no me
vuelvo más vacío, me vuelvo con ganas de reencontrarme con todos ellos, con la
convicción de que ese encuentro fortuito me ha mejorado de alguna manera. Increíblemente,
a la vuelta me siento un paso más cerca de ser la persona que realmente soy.

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